“Yo estaba detrás de un muro, a sus espaldas, asomé la cabeza y de puro susto le metí los seis tiros del tambor. El hombre quedó frito de una. Eso fue duro, pa’que le miento, fue muy duro. Estuve quince días que no podía comer porque veía el muerto hasta en la sopa¼ pero después
fue fácil. Uno aprende a matar sin que eso le moleste el sueño”.
Pascual SerranoLo primero que a uno le llama la atención cuando el autobús en el que viaja se acerca a Medellín, son esas laderas de suburbios que cubren hasta el último centímetro de los montes que rodean la ciudad. Son las comunidades norientales de la ciudad más violenta del mundo. Esos barrios han nutrido durante años los ejércitos de sicarios -niños asesinos a sueldo- del tristemente popular cartel de Medellín. El 2 de diciembre hará tres años que caería abatido por la policía el más conocido jefe de este cartel, Pablo Escobar Gaviria. Con él toda una generación de jóvenes, apenas niños, de los barrios de invasión de Medellín se convertieron en asesinos a sueldo. Perfectamente armados, subidos por parejas en rápidas motocicletas, con un sistema policial y judicial abonado a la corrupción y con un cartel de narcotraficantes dispuesto a pagar bien, Medellín entraría irremediablemente en la historia como la ciudad más violenta del mundo. “Durante el periodo de 1988 a 1994 todos los días había balasera”, comenta César Giraldo, el joven párroco de la iglesia de San José, en el barrio de Aranjuez, dentro la comunidad noriental de Santa Cruz. “Llega un momento en que los “pelaos” (1) matan por matar, el sicariato surge ante la injusticia social pero también bajo la cultura del consumismo. Esos jóvenes lo quieren tener todo fácilmente. Fueron consiguiendo buenas motocicletas y con ellas, ostentación y mujeres lindas”. La cultura del asesinato a sueldo en Medellín es, sin ninguna duda, el resultado de tres circunstancias que confluyeron al final de la década de los ochenta: una juventud frustrada y con poco poder adquisitivo, una cultura del consumismo y la ostentación vigente en el modo de vida occidental, y la demanda de unos carteles de la droga, que necesitan eliminar a todas las personas que se interpongan en su carrera hacia el control del mercado de la cocaína y que están dispuestos a pagar bien por los servicios de los sicarios. Si a ello le añadimos la disponibilidad de armamento sofisticado y la corrupción del aparato policial y judicial en Medellín se crearía una “cultura” sin precedentes. Todavía hoy no hay noche en Medellín que no se escuchen disparos. El fin de semana en que se recogieron estos testimonios 52 personas perdieron la vida por arma de fuego en esta ciudad de 1.200.000 habitantes, el tamaño de la ciudad de Valencia.
Toribio Zárate


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