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Los Ángeles negros

viernes, 7 de septiembre de 2007



Cuando la vida humana vale menos que la bala que mata

Medellín es la sociedad que más fácilmente pasa del amor al odio y de la fiesta al llanto. Esto es gracias a los elevados índices de violencia que desde los años 80 se ha convertido en un problema de dimensiones colosales: “los sicarios de la muerte” sumiendo a la Colombia contemporánea en una religiosidad profunda dominada por el ejercicio de la violencia y de impunidad, como expresa el padre José, de la localidad de Santa Cruz.

“El 60% de la gente camina armada, los demás no denuncian ni hacen nada, porque quien habla es víctima de su propia lengua” , dice el sacerdote. “Llega un momento en que los sicarios matan por matar. Son jóvenes que ven en el sicariato una forma fácil de ganarse la vida, contratados por grupos organizados que necesitan eliminar del mercado de la cocaína a todo aquel que se interponga en sus intereses”, agrega.

A ello le debemos añadir la disponibilidad de armas sofisticadas y la corrupción del sistema policial y judicial, colaboradores asiduos a la irrestricta labor del narcotráfico que se desenvuelve día a día, para la desgracia de los lugareños decididos a mantenerse a raya con la ley. Hasta que las autoridades correspondientes no se dediquen a la resolución del conflicto, el sicariato –unido a la guerrilla y el narcotráfico- continuará siendo un problema brutal, donde la muerte acontece en cada esquina sin dramatismo ni trascendencia como un hecho más de cada día.



Paola Guanilo

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